viernes, 14 de mayo de 2010

No salí

Me aburren los bares en que la gente no importa y las palabras no se pueden usar, en que el ruido satura cada espacio de una atmósfera sin aire y la vista está invadida por las pantallas y una parafernalia de parlantes que excluyen el ser en aras de imágenes raudas, de gentes sin rostros, de rostros que se prenden y se apagan con las luces, de vestidos sin cuerpos, de cuerpos como ganchos, de momias que se mueven. De sonrisas amargas de sombríos visitantes. De rondas de fantasmas. Cazadores al descubierto. Presas a la espera. Si. Comprendo. No lo son. No son podredumbre ni pobredumbre. Hay bocas que se estrellan. El grito es impotente. Se escapan un instante perdidos entre su selva o ya del todo tan decaídos que ni vale la pena voltear a mirarlos en medio de tanta muchedumbre, susurras. Tanta y muche _dumbre, palabras que parecen contener un elemento de desprecio. La masa. El ser parte del espectáculo, el estar ahi solo para eso. Muchedumbre de muchez, de muchidad. Se la mira como tal y se la juzga ¿qué demonios hace uno aquí si es para despreciarla? Decido regresar a casa a la hora de las calabazas. Tres depredadores, niños dos de ellos, miran desde no muy lejos. Se aproximan. Les alcanza el espacio. No me pueden el miedo ni la vida gratis. Las noches oscuras son propias de los lobos: muestran los colmillos. La cosa acaba al abrirse la puerta de el edificio. Un poco más, concluyo, y una alfombra roja...

no, no salí...




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